Dice una canción de Anthony and the Johnsons: “Realmente nada importa cuando la herida ya está hecha, no hace falta ni que te esfuerces en tapar la cicatriz”.
No soy la adecuada para juzgar quien debe y quien no debe estar en la cárcel, de hecho, no creo que haya personas con capacidad de juzgar el grado de un delito, pues considero que el dolor como sentimiento y sensación es abstracto, por lo cual, no tiene medida.
Mariluz ha sido, como todos sabemos, victima de violación y asesinato de “X” y sus padres ahora quieren para él “x”. En el juicio se valorará lo que se pide y lo que corresponde al delito, y por supuesto, el homicidio incrementará la pena. Sin embargo, y sin ánimo de desprestigiar en ningún momento la importancia, el dolor y la trascendencia de un asesinato y por tanto del sufrimiento de la familia de la víctima. Este tema me lleva directamente a reflexionar sobre otro implícito en él.
Las consecuencias de la pederastia.
Las secuelas que conlleva el delito de esta enfermedad son el motivo de plantearme en el párrafo anterior el juicio del dolor, así como la pena incrementada por la palabra “homicidio”. Quiero decir con esto que no considero un delito más importante por acabar en homicidio que por el delito en sí.
Hay heridas que no se curan con tirita y el trastorno psicológico que produce en el menor sufrir un abuso sexual no se venga, ni se alivia, ni se soluciona encerrando al enfermo en sí tras unos barrotes, en una celda obsoleta.
La vida de quien ya ha sufrido ese abuso nunca volverá a ser encauzada, al menos no de la forma que iba a serlo. Las dispersiones que emocionalmente genera un caso se extienden infinitas durante toda la vida, y por supuesto, el tiempo, que siempre tiene dones curativos, nunca sana del todo.
No puedo afirmar con seguridad, pero si creo firmemente, que si Mariluz siguiese viva, dentro de unos años, cuando ya tuviese capacidad de análisis y de autorreflexión, no pediría “pena de muerte” para “X”, ni cárcel, e igual ningún castigo, creo que si Mariluz siguiese viva, pediría poder cambiar su pasado y no haber estado nunca en el momento y en el lugar donde se produjo el delito.
Los abusos a menores no general sino trastornos en ellos mismos, secuelas que están presentes de por vida marcando su manera de ser, influyendo en sus relaciones sexuales con un sentimiento hostil hacía ellas y determinando su forma de enfrentarse al mundo.
Por tanto y para zanjar el tema, en relación al castigo que debe tener quien comente un DELITO, no considero oportuno juzgar por qué deben o no deben los delincuentes ser condenados a pena de muerte, a cárcel o a ayuda social. De hecho, apuesto por castigos que más que vengar, corrijan maneras de ser, pero creo que rehabilitar a enfermos mentales capaces de abusar de menores es una utopía, por lo cual me considero incapaz de juzgarlo.
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